Un diario sin días

La naturaleza es más que cruel. Es indiferente. Desde mi encierro, me asombra, y me maravilla, escuchar y contemplar la furia del río, el canto despreocupado de los pájaros, el alegre florecer del manzano, el rayo de sol que se cuela entre espesas nubes y llega hasta las entrañas del bosque, e ilumina el prado donde resuena el balido esporádico de un rebaño de ovejas.

Claro que nos maravilla, porque, como supo ver Nietzsche, ella, « indiferente sin medida », no tiene opinión sobre nosotros.