El dolor de lo injusto

Los datos, múltiples y diversos, en cualquier caso abrumadores, que vamos conociendo en las últimas semanas reflejan la dramática situación social en nuestro entorno. Los servicios sociales, muchas veces desbordados, y organizaciones como Cáritas y la Cruz Roja han intensificado su actividad al servicio de los que más sufren la pérdida de la protección laboral y social, en unos momentos de duros e inusitados recortes que dejan en los huesos al ya depauperado Estado de bienestar, hasta el punto que España, y con ella Cataluña, es hoy el país con mayores desigualdades dentro de la Unión Europea, según un informe reciente del Eurostat.

La fractura social está servida, y cuantificada: 7,5 son los puntos proporcionales que separan los hogares con mayores ingresos de los que a duras penas llegan a fin de mes, cuando la media de la UE es de 5,7. La cara amarga de la desigualdad creciente es una pobreza aguda. O sea que los pobres son más, y más pobres. El 22 % de la población, dos puntos más en tan sólo un año, se encuentra en esta situación. Otra cifra: sólo en Cataluña, 1,5 millones de personas llegan a pasar hambre, según datos del Banco de Alimentos, otra institución trabajando por los más vulnerables, para los que la Cruz Roja acaba de lanzar su primer llamamiento de ayuda en nuestro país.

Esta entidad y Cáritas acaban de activar un programa para ayudar a las familias con dificultades para sufragar los gastos de los comedores escolares, cuando las administraciones no cubren todos los casos. Ante éstos, surge con facilidad la caricatura socializada de los inmigrantes empobrecidos o, peor, subvencionados. Pero lo cierto es que la crisis no entiende de procedencias y todas las organizaciones sociales constatan hoy un aumento considerable de ciudadanos y familias pobres claramente autóctonos. También aquí lo corrobora Cáritas Parroquial de Vielha, que lleva a cabo una ingente tarea en coordinación con los servicios sociales araneses en todo el Valle. Además, la vulnerabilidad tiene cada vez un perfil más joven.

Podríamos continuar exponiendo unos datos que no dejan de abrumarnos y que, en efecto, ejemplifican una desigualdad intolerable a todas luces. En el fondo subyace, y ya que de pensamiento tratamos, una experiencia de injusticia interpelante. De hecho, de ésta cabría esperar una propuesta de justicia (la mayor de las virtudes, según Aristóteles), no sólo desde el punto de vista de la distribución de la riqueza (que por definición se encuentra en pocas manos), como ha venido siendo norma general en las sociedades avanzadas, en especial la europea.

Es tiempo de formular también un nuevo, y ya viejo, sentido de la justicia: como construcción del bien común (santo Tomás) y como una forma de relacionarse con el Otro, como dirían los pensadores judíos, en el marco de una “civilización de la austeridad” (Jon Sobrino e Ignacio Ellacuría) y de “un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo donde los que participan se conciben como ciudadanos libres e iguales” (John Rawls), teniendo bien presente que, eso sí, el que sufre la injusticia no sólo pide “ejemplaridad pública” (Javier Gomá), sino también una mayor “responsabilidad” de sus gobernantes (Manuel Cruz). Es decir, exige sobre todo respuestas (Luis Villoro). La respuesta necesaria ante el dolor de lo injusto.

(Publicado en ARAN NAU para la FUNDACIÓN SISCOARAN)

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