Nazarena y utópica

Cada año, por estas fechas, recordamos con pesar la muerte de Ignacio Ellacuría y sus compañeros jesuitas, asesinados, junto con su ama de llaves y la hija de ésta, por el Ejército salvadoreño. Son, con Monseñor Romero (San Romero de América), víctima caída en 1980, y tantos otros, mártires del siglo XX, que han perecido por defender, a la luz del Evangelio, la causa de los pobres y los excludios contra la opresión y toda suerte de injusticia. El 16 de noviembre (día en que escribo este artículo) se cumplieron 24 años.

Desde entonces, se inicia lo que se ha venido en llamar la “tercera Ilustración”, que pone en crisis, resituándola, a la Teología de la Liberación (TL), en palabras del jesuita Víctor Codina. La casualidad quiere que vengan a mis manos este libro de Codina, Una Iglesia nazarena. Teología desde los insignificantes (Sal Terrae, 2010), sobre Nazaret en clave teológica, ese lugar donde se enraíza el misterio de Jesús, y uno más reciente y breve de Nicolás Castellanos, Resistencia, profecía y utopía en la Iglesia hoy (Herder-Religión Digital Libros, 2012), escritos ambos antes de la elección del papa Francisco, ambos muy proféticos a la hora de plantear la Iglesia que defiende el actual pontífice.

La TL es hija de una tierra, América Latina, y un contexto, injusto y opresor, que lega a la humanidad una “nueva iluminación teológica”. No la podríamos entender, sin embargo, sin la audacia del italiano Juan XXIII, que, un mes antes de la inauguración del Concilio Vaticano II, afirma: “Frente a los países subdesarrollados, la Iglesia se presenta tal como es y quiere ser: la Iglesia de todos y, particularmente, la Iglesia de los pobres”. Declaración utópica que revive con vigor el actual padre Francisco, venido de Argentina, cuya pastoral, a su vez, sería seguramente inconcebible sin el espíritu ni la viva herencia de esta teología.

Incluso, el emérito Benedicto XVI asegura, en el discurso inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida en 2007, que “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9)”. Los pobres, los “insignificantes”, pasan a ser, por tanto, “sujeto eclesial”, según la expresión del teólogo catalán residente en Bolivia, de quienes destaca la fe ligada a la vida, el reencuentro con María (mujer del pueblo, campesina, “insignificante” donde las haya) y los sacramentales (sacramentos iniciáticos del Reino de Dios), donde va actuando con dinamismo el Espíritu, tan invocado por las obras que comentamos.

“El Espíritu nos ronda y nos llama a la utopía final de plenitud”, proclama Nicolás Castellanos (religioso y exobispo de Palencia, residente también en Bolivia), para quien “la utopía se halla más allá de la historia, pero mueve la historia”. Tanto es así que lo que define un proyecto “es el espíritu, la mística, el desde donde pensamos, vivimos, celebramos la vida”. El lugar es evidente: Nazaret (Codina); y el camino: la resistencia (Castellanos), que pide “humilidad, amor, diálogo, escucha, valentía, coraje, discernimiento, oración, saber vivir a la intemperie”.

La Iglesia se hace así peregrina, es decir, misionera. De ahí que Codina reivindique el decreto Ad Gentes (1965) a favor de una pedagogía misionera peculiar para dar testimonio de vida, practicar el diálogo cultural, la solidaridad y la caridad, sobre todo con los pobres y afligidos. No en vano, “la mediación práctica, o praxis, es el término final de toda teología de la liberación”, porque “nace de la práctica y desemboca en una nueva práctica transformadora de la realidad” (Codina). La TL “es uno de los instrumentos del Espíritu Santo para renovar y promover el movimiento profético en la sociedad y en la Iglesia” (Castellanos). En suma, como recalca el autor de Una Iglesia nazarena, a través de una expresión que ha hecho fortuna, “se trata no sólo de hacerse cargo de la realidad, sino de encargarse de la realidad y de cargar con la realidad, como decía Ellacuría”.

(Artículo publicado en ARAN NAU, diciembre de 2013, para la FUNDACIÓN SISCOARAN)

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