Cuando la fe en Dios desaparece, « al no poder ya acusarse a un Dios al que se niega, la responsabilidad del mal debería ser cargada sobre el hombre. Pero se desplaza esa culpabilidad cargándola ya sea sobre factores neutros presentados como leyes de la historia, ya sea sobre rivales objetivados. El sujeto de la historia no lo es, así, nada más que en un primer impulso. Pero como una tal mistificación no puede durar, el sujeto quedará abolido cuando sea visto como culpable. Se hablará de una muerte del hombre. El Evangelio exorciza tales sortilegios… ya que no puede ser recibido nada más que por aquel que se reconoce pecador. Orientado hacia el porvenir, el movimiento [que quiere ser] liberador, acepta la muerte de inocentes como precio de la dicha que se espera. Pero así se somete a la historia a una especie de ley de la selección natural y queda negada como historia humana. La salvación de Cristo, por el contrario, se realiza en un acto de solidaridad con los machacados ».
(Henri de Lubac, S.J., en Pequeña catequesis sobre naturaleza y gracia, haciéndose eco de palabras de F. Bussini, en Revue des sciences religieuses.)