El compromiso que nace de la fe

Cristianisme i Justícia, el Centro Pignatelli – Jesuitas Zaragoza y la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) de España han tenido la loable iniciativa de organizar un curso-taller de discernimiento relacionado con la fe y el compromiso socio-político, en el que ha participado un grupo de jóvenes comprometidos, con inquietudes sociales y políticas y militancia cristiana. ¿Qué compromiso puede brotar de la fe?, ¿hasta qué punto puede implicarse el creyente en la toma de partido política y social?, ¿no deviene vacía la fe que quiere bastarse por sí sola porque todo lo demás nos parece « humano, demasiado humano »?, ¿no será que la fe, en concreto la cristiana, tiene algo que ver con la « toma de partido », con una « opción preferencial » de consecuencias « reales », es decir, sociales, políticas, ecológicas, económicas, íntegramente humanas?

Parecería que, según nuestra experiencia y por la intuición que llevábamos antes de comenzar el taller, de la fe cristiana nace un impulso hacia una « revolución » del amor, enraizada en la fraternidad (por tanto, no violenta), en suma, hacia una « lucha » incansable por la « justicia » y la denuncia profética, al modo en que Jesús, el Cristo, el Maestro, nos enseña.

Los designios de la Providencia nos regalan algunas claves interpretativas en las lecturas proclamadas este Domingo XXII del tiempo ordinario, en la semana en la que ha tenido lugar el curso, aunque, para ser honestos, no resulta difícil hallar en las fuentes de la Sagrada Escritura esta relación intrínseca entre Fe y Política. Más bien lo contrario, sobre todo desde que Dios elige al patriarca Abraham, un emigrante, y libera al pueblo oprimido en Egipto, después de haber escuchado su clamor, hasta la muerte y resurrección de Jesús. Otra fuente provechosa es el Magisterio Social de la Iglesia, resumido en siete grandes principios expuestos por el profesor Gonzalo Villagrán: 1. Dignidad de la persona; 2. Promoción del bien común; 3. Destino universal de los bienes; 4. Opción preferencial por los pobres; 5. Principio de subsidiariedad; 6. Participación; y 7. Solidaridad. Volvamos a las lecturas de este domingo y a sus claves para un compromiso socio-político:

1) Humildad. « Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso […], porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes » (Eclo 3,19-21.30-31), narra la primera lectura. Si la política institucional y de partido quiere de verdad emprender su « regeneración democrática », cuán necesario sería que empezara por que sus responsables, en todas sus esferas, desde lo local a lo global, actuáramos con más « humildad », administrando el poder como forma de servicio al pueblo, especialmente a favor del pueblo sufriente, de los débiles, de los trabajadores sin derechos, de los ciudadanos sin sanidad (o con menos sanidad) ni educación-formación (o con menos educación-formación) ni tampoco hogar, sin oportunidades de crecimiento personal e intelectual, de los desprotegidos o de los que no tienen más protección que la política. Un compromiso como éste, que tiene en cuenta que Dios es misericordioso, requiere de una política más « misericordiosa », más atenta al sufrimiento humano, creando espacios de sensibilidad para la solidaridad y la ayuda mutua, menos pendiente de la vanidad, el amor propio y la banalidad del juego de los poderosos.

2) Caridad. De hecho, « todo lo que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido » (Lc 14, 1.7-14), en consonancia con el Evangelio del domingo anterior: « Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos » (Lc 13,22-30). El vuelco de valores es total. No admite medias tintas. Nuestro compromiso tiene que ser capaz de ver las cosas de modo distinto, de forma caritativa, regida por el amor fraterno, respecto de los valores y las actitudes que imperan en la sociedad consumista y egoísta, porque Jesús invita a comer de su banquete a los excluidos y a los olvidados por nuestras comodidades y ambiciones por ocupar los puestos más relevantes.

El salmista lo expresa de forma vívida: « Padre de huérfanos, protector de viudas, / […] Dios prepara casa a los desvalidos, / libera a los cautivos y los enriquece » (67). El pueblo repite: « Preparaste, oh Dios, casa para los pobres ». Los pobres son los « destinatarios del Reino », como diría Jon Sobrino (Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret). La salvación comparte con la política su carácter universal, porque es para todos. Sin embargo, una política comprometida, especialmente con los valores y principios de la izquierda socialdemócrata y transformadora (donde me sitúo), tiene que tener a los últimos de la sociedad como su sujeto político central, porque ellos son los « bienaventurados » del Reino, que empieza a construirse en medio de nosotros, aquí y ahora, en su horizonte escatológico y utópico (aunque ya estamos en u-topía, en el no-lugar de la existencia vulnerable y provisional de nuestra vida fáctica).

3) Nueva Alianza. De la carta a los Hebreos: « Vosotros os habéis acercado al monte Sión […], a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús » (Heb 12,18-19.22-24a). De nuevo, los « justos » (los que « cuidaron a Cristo en la persona de los pobres », de acuerdo con el último comentario sobre el pasaje de Mateo, 25, defendido por el Papa como el programa de acción cristiano, junto a las Bienaventuranzas, tan presentes ambos en el taller) son los que se salvan. Acerquémonos también a ellos por medio de relaciones sociales y económicas basadas más en « alianzas » libres de iguales que en « contratos » fríos e impuestos, según la acertada expresión de José Laguna, y, siguiendo sus hallazgos, hagámonos cargo de las heridas de la realidad, no para que todos seamos pobres, sino para erradicar al máximo las desigualdades y la pobreza, promoviendo el « desarrollo integral del hombre » y la mujer (Pablo VI) bajo el signo de una nueva civilización, más sencilla y sobria, menos materialista y codiciosa. Nuestro compromiso, por tanto, no es meramente asistencial, sino que busca y cuestiona las causas que generan tanta injusticia.

4) Cristo. Dejo en último lugar al más importante: al « Mediador de la nueva alianza, Jesús », a Cristo, Dios en medio de nosotros. Ésta es la clave que sostiene el edificio de nuestro compromiso y nuestra vida, la que nos sostiene. Nuestro Dios no es un Dios deísta, que crea el mundo y luego se desentiende de él. Dios interviene en la historia. Nada de este mundo le es ajeno. Es más (y lo es todo): Dios se hace hombre, la Palabra encarnada que habitó entre nosotros en un momento histórico determinado, en un pueblo concreto, subyugado y oprimido, y se hace presente de nuevo en la comunidad de hombres y mujeres (Pueblo de Dios, Iglesia) que viven, a pesar de todo (del mal, la injusticia, el sufrimiento, etc., o quizá por todo ello), en esperanza, con el aliento del Espíritu, en la construcción del Reino de la Vida y el Amor, como Buena Noticia, dispuestos a vivir una nueva vida, a instaurar la Humanidad Nueva, confiando, por tanto, en la Resurrección que nos salva.

Así pues, ¿cómo no vamos a comprometernos si Dios se ha encarnado en Cristo, bajo una nueva alianza, humillándose, haciéndose un hombre pobre, perseguido, odiado, sin atención ni caridad, como uno de tantos, que muere víctima de la injusticia de este mundo y nos invita a su propuesta de salvación y liberación? ¡Dios se ha comprometido! ¡Alegrémonos! He aquí nuestra libertad, pero también nuestra enorme responsabilidad.

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